Garafía
En el barrio de Cueva de Aguas, en Garafía, se esconde un barranco poco frecuentado, con fuentes, cuevas y galerías, algunas ocultas por el frondoso monte garafiano, que encierra el recuerdo histórico de la evolución del aprovechamiento de las aguas subterráneas de la Isla, desde tiempos remotos hasta la actualidad.
Sigue habiendo rincones ocultos en lo más profundo del paisaje rural de La Palma que embelesan, que seducen los sentidos. Parajes tranquilos. Verdaderos remansos de paz y frescura, en los que el entorno invade hasta la última célula de cualquier extraño visitante. Lugares sin cartografía posible, sólo reconocidos por experiencias de antiguos caminantes y amantes del origen de su territorio. Y además, espacios capaces, por sí solos, de explicar en imágenes una parte importante de la historia de la Isla.
En el barrio de Cueva de Aguas, en Garafía, se esconde uno de esos parajes, una cuenca con fuentes, cuevas y galerías. Lo conocen como barranco de la Fuente de la Negra (uno de los tramos superiores del barranco de Fernando Porto). Los mayores que habitan en su cercanía así lo llaman. Un nombre que, según afirman, alude a la presencia de “una señora de color en época lejana”. Allí, en el fondo de esa depresión está la fuente, la del nombre, la más expuesta. Pero sólo es la primera en una invisible lista de cabocos de agua ocultos por el tupido monte garafiano.
Para acceder a la recóndita cuenca hay que descender por caminos poco frecuentados. Sortear ramas, raíces y más ramas, mientras en lo alto “desafinan” las grajas. Basta hacer cualquier ruido artificial para que una bandada de las aves emblemáticas de la Isla salga volando. Al huir parece que advierten de que se camina por un terreno propenso al olvido.
Lugar de encuentros.- Pero no siempre fue así de silencioso. El barranco de la Fuente de la Negra llegó a ser un lugar de encuentro… y desencuentros. “Antes la buscaban para beber, para portar, para cualquier cosa”, dicen los mayores que la identifican, aunque, aclaran, “mejor no acordarse de tanto sacrificio”. La zona respiraba actividad diaria, para abastecer viviendas, para lavar la ropa o como abrevadero del ganado.
Eran otros tiempos, en los que la necesidad de subir agua hasta la casa se convertía en una actividad de contexto social, en una oportunidad de hablar con aquel vecino o vecina que sólo veías por semanas, si acaso en días de fiesta.
Ese pasado hace del barranco de la Fuente de la Negra un ejemplo perfecto para explicar, en un espacio limitado, la historia del agua en Garafía y en La Palma, la historia de la extracción y del beneficio del agua encerrada en las entrañas de la tierra. Esta depresión reúne, en pocos metros, la evolución del aprovechamiento y conducción de las aguas en diferentes periodos.
Manantial comarcal.- La importancia de una fuente o un manantial se establecía por el número de personas que tienen acceso al mismo y el uso que hacen del punto de agua. El barranco de la Fuente de la Negra contaba hasta con cinco caminos de acceso por aquellos tiempos, transitado tanto por personas como por animales. Cada camino llegaba de un barrio, incluso, en periodos de mayor sequía, hasta de Puntagorda y Tijarafe.
Antaño, en aquellos manantiales copiosos, cuando la demanda excedía a la nacida del terreno cultivado, el garafiano construía un receptáculo en su salida para el depósito de las aguas libres. Más tarde, durante la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX, aquellos propietarios cuya disponibilidad económica se lo permitiera, pedían el sobrante de un manantial para conducirlo hacia un tanque con la finalidad de regar huertas de hortalizas y frutales.
Esa historia cambió radicalmente cuando a lo largo del último siglo se generalizó la perforación del subsuelo garafiano para transportar el agua hasta los hogares y zonas de cultivo y pastoreo.
La evolución.- Toda esa evolución histórica de la captación de aguas queda claramente expuesta en el barranco de la Fuente de la Negra: En la zona alta, con un grupo de tres oquedades (algunas ocultas) que retienen el preciado líquido en tanques construidos en las cavidades. Pocos metros más abajo, mediante un depósito que recoge el agua proveniente de las cavidades a través de una tubería, ofreciendo a los vecinos la posibilidad de llevar agua a sus viviendas o para dar de beber al ganado, gracias a un modesto dornajo de cemento situado al pie de su costado occidental. Y otros tantos metros más al poniente, en el Caboco de las Cimeras, mediante una galería homónima que representa el último paso del lugareño para la extracción del agua del interior de la tierra.
Las abejas hacen de guía.- Hoy en día, un silencio natural esconde el recuerdo del uso de aquella Fuente de la Negra, la que aún permanece casi como único punto de referencia, al ser el más visible. Tras la pared construida por el hombre, que tapa la boca de la gran cueva para formar una piscina de agua pura y cristalina, no se adivina ni su longitud ni su profundidad. Sólo un fresco sabor a piedra antigua.
El resto de los cabocos se esconden tras la frondosa vegetación, entre miles de helechos. No son difíciles de adivinar. Basta con escuchar el constante zumbido de las abejas, como indicador natural del camino a seguir en busca de otra fuente próxima.
Sólo al final del camino transitable, en dirección a la desembocadura del barranco, se llega a la última fase, la de la perforación de la galería, en donde junto a raíles abandonados y carros de minas “descarriados” posan varios carteles de obra en los que se habla de recientes inversiones para perforar hasta 2.500 metros de profundidad en busca de la misma agua que, metros más arriba, aún beben unos pocos afortunados y longevos habitantes de Garafía.
MAIKEL CHACÓN
Garafía
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