Barlovento
Se podría pensar, sin necesidad de ofender a nadie, que a alguien se le está yendo la olla con esta obsesión por hormigonarlo y asfaltarlo todo que se nos ha contagiado de los yonkis del piche y el hormigón que nos gobiernan, o los que financian las campañas para que nos gobiernen una manada de mindunguis entre los que, en el caso de Canarias, destaca sobre manera el palmero Antonio Castro, que ha pasado por todos los gobiernos que en esta tierra han sido desde que el Generalísimo muriera encamado.
Y yo no sé si esto le ha venido bien a los palmeros, supongo que sí porque ahí lo mantienen, ahora al frente del Parlamento aunque después de colocar estratégicamente a uno de sus peones más fieles en Obras Públicas. El caso es que, siendo La Palma la isla en la que más dinero se ha invertido en esta última década en carreteras por habitante, con diferencia, cuando uno visita la Isla Bonita en estos tiempos lo que se encuentra es con mucha obra faraónica que contrasta con el abandono de la mayor parte de las carreteras de la Isla, apenas sin mantenimiento, y una crisis galopante que que ha hecho de los márgenes de la vías principales un auténtico expositor de coches prácticamente nuevos puestos en venta por sus propietarios que se han visto con la soga al cuello para pagar su hipoteca y demás. En fin, que a este paso el posible que a Antonio Castro le vayan a sobrar túneles, viaductos, puertos como el capricho inútil de Tazacorte y hasta el impresionante aeropuerto, con miles de aparcamientos, que se están disparando.
Pero acaso la imagen que mejor representa lo que ha sido este dispendio, en pro de acortar distancias en una isla donde -para bien o para mal- la distancias no existen es, si duda, la nueva ¡circunvalación a Barlovento! Sí, sí, ha oído usted bien, a Barlovento. Que yo desconozco, francamente, la cantidad de vehículos que pueden pasar al cabo de un día por la impresionante avenida que hasta ahora cruzaba el casco de ese municipio y que, con la nueva vía, es posible que se ahorren unas décimas de segundo después de haber destruido huertas, casas antiguas y un paisaje impresionante como el de todo ese norte palmero. Y no sólo eso, diganme ustedes cómo puede afectar esto a la media docena de negocios que se había situado en los márgenes de esa carretera a su paso por el casco municipal, que intenté tomarme un cortado en Puntallana, de donde desviaron el tráfico hace ya unos años, y no encontré ni un triste bar en un pueblo que hoy recuerda más bien la imagen de esos pueblos medio abandonados que veíamos antes en las películas del Oeste.
En fin, que qué quieren que les diga, que en la modesta opinión de uno los personajes que promueven estos proyectos deberían estar, sin duda, bajo custodia por representar un auténtico peligro para el futuro de esta sociedad. Que no les digo nada de la gran obra, mucho más espectacular que la del barrando de Los Tilos, que pretende Antonio Castro para cruzar el Barranco de Las Angustias sobre un viaducto que se convierte en túnel a media ladera de la ladera de El Time, algo único que permitiría al presidente de eso que llaman Parlamento, que más bien parece una jaula de grillos o una cueva llena de bandoleros, llegar desde Los Llanos a sus fincas de plataneras en un ‘plis-plas’. O para qué contarles del ayuntamiento de Breña Alta que, para sacar el tráfico del casco de San Pedro, propone otro impresionante viaducto, de al menos un kilómetro, que ‘soltaría’ a los coches cerca de El Llanito. Que cualquier persona sensata que conozca eso un poco, supongo, convendrá con nosotros en que estos individuos pareciera que están rematadamente locos y absolutamente al margen de la realidad que impondría la lógica más elemental. Y espérate porque todavía no nos han salido con lo de los trenes de alta velocidad, que todo se andará.
Pero acaso eso no sea lo peor, lo más lamentable es que la insistencia de los políticos y de las constructoras (que es lo mismo), directamente o mediante los medios de comunicación que controlan (casi todos), han creado en el palmero la mentalidad de que están todo el día metidos en atascos -inexistentes- y que lo que necesitan son más carreteras por todos sitios para ponerse de punta a punta de la Isla en un cuarto de hora. Y, de esta manera, las condiciones están creadas para que la isla de La Palma, en pocos años, se convierta en algo completamente distinto a lo que la convertía en algo singular y admirable para el visitante. Y a todas éstas, cuando la obras se terminan, el nivel de paro continúa galopante, la agricultura y ganadería que creaba paisaje al garete y el palmero vendiendo el coche porque las megalomanías de Antonio Castro no han traído consigo más que la misma miseria pero con muchos túneles, viaductos, asfalto y hormigón en cantidades industriales. Los años gloriosos de las perritas que venían de Europa perdidos a mayor gloria de políticos patéticos que no se han ocupado de aprovechar las oportunidades para trabajar por un futuro más sostenible para todos y sin tantos fuegos de artificio. Lamentable pero real como la vida misma.
